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    Descubre Murillo

    Itinerarios

    Museo de Bellas Artes de Sevilla

    itinerarios
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      HORARIOS Y TARIFAS

      Horarios

      Del 16 de septiembre al 15 de junio:

      De martes a sábado, de 09:00 a 20 horas

      Domingos y festivos, 09:00 a 15:00 horas

      Lunes (no festivos) cerrado

       Del 16 de junio al 15 de septiembre:

      De martes a domingos y festivos, de 09:00 a 15:00 horas

      Lunes (no festivos) cerrado

      Días de cierre: 1 y 6 de enero, y 1 de mayo, 24, 25 y 31 de diciembre.

      Festivos de apertura: 2 de enero, 28 de febrero, 13 y 14 de abril, 30 de mayo, 15 de junio, 15 de agosto, 12 de octubre, 1 de noviembre,  6 y 8  de diciembre.

      Los lunes 27 de febrero, 29 de mayo y 14 de agosto, víspera de festivo, el museo abrirá en horario de festivo.

      El horario de taquilla se interrumpe 15 minutos antes de la hora de cierre, excepto en algunas exposiciones en las que se podrán modificar horarios y condiciones de acceso por motivos organizativos. El desalojo de las salas comenzará 15 minutos antes de la hora de cierre.

      Entrada

      Precio 1,5 euros

      Gratuita: para ciudadanos de la Unión Europea acreditados y miembros del ICOM.

      Grupos

      Es necesario reservar previamente.

    • placeLugar
    • info+ Información

    El Museo de Bellas Artes de Sevilla es un lugar emblemático para el conocimiento de la personalidad artística de Murillo, ya que conserva una de las más importantes colecciones de pinturas del artista.

    Ocupa el Museo de Bellas Artes el antiguo Convento de la Merced Calzada de Sevilla, que fue fundado por San Pedro Nolasco poco después de la conquista de la ciudad por Fernando III. El edificio actual fue iniciado en 1603 por el arquitecto y escultor Juan de Oviedo, experimentando diferentes remodelaciones en los siglos posteriores.

    Con la desamortización de Mendizábal, los monjes mercedarios fueron exclaustrados y el convento se destinó a albergar las pinturas requisadas a las instituciones religiosas que habían sido expropiadas. El día 16 septiembre de 1835 fue fundado como “Museo de Pinturas” mediante Real Decreto.

    Durante el proceso desamortizador ingresaron en el Museo la mayor parte de las obras de Murillo conservadas en la institución: las pinturas procedentes del Convento de los Capuchinos, del Convento de San Agustín y del Convento de San Francisco. Posteriormente, ingresaron otras pinturas, como La Virgen con el Niño (h. 1838-1840), San Francisco (h. 1650), La Dolorosa (h. 1669), San Jerónimo penitente (h. 1665-1670) o la Inmaculada (1670). Todas ellas configuran una excepcional muestra del talento creativo de Murillo, estando representadas obras de los diferentes períodos del artista, desde su época juvenil, a la consolidación de su estilo, su madurez y plenitud.

    El Museo de Bellas Artes, antiguo Convento de la Merced Calzada, es el décimo de los veinte espacios que configuran el Itinerario Tras los pasos de Murillo, a través del cual, es posible realizar un recorrido por la Sevilla del siglo XVII siguiendo los pasos del artista hacia los lugares más emblemáticos de su trayectoria. En ellos, podrán contemplarse sus obras y comprender la personalidad creativa de un artista excepcional.

    Obras

    San Rafael y el obispo fray Francisco Domonte (reproducción del original)
    Hacia 1680.
    Óleo sobre lienzo. 211 x 150 cm.
    Moscú. Museo Pushkin.
    Procedencia: Sevilla, Convento de la Merced Calzada.

    En este edificio, antiguo Convento de la Merced, profesó el personaje retratado por Murillo en esta pintura: fray Francisco Domonte. Domonte nació en Sevilla hacia 1618, en el seno de una rica familia y desarrolló una importante carrera eclesiástica que se proyectó hasta la fecha de su fallecimiento, en 1681.
    Este retrato de Domonte estuvo dispuesto en un retablo del Convento de la Merced y hubo de ser encargado cuando el Padre mercedario fue nombrado obispo auxiliar de Sevilla, con el título de Hipona, en 1680.
    A pesar de fecharse a fines del siglo XVII, la figura del “donante” se aproxima a las tipologías utilizadas en la primera mitad del siglo, quizás debido a los gustos más conservadores del cliente.
    La figura del arcángel San Rafael, por el que Domonte sentía una intensa devoción, ocupa gran parte del lienzo, destacando sobre un paisaje nocturno; dirige su mirada hacia el obispo, quien aparece en hábito de fraile mercedario y despojado de los atributos episcopales, que se encuentran depositados a los pies del santo arcángel.

     

    Inmaculada. La Colosal.
    Hacia 1650.
    Óleo sobre lienzo. 426 x 692 cm.
    Sevilla, Museo de Bellas Artes.
    Procedencia: Sevilla, Convento de San Francisco.

    Esta Inmaculada fue pintada para el arco toral de la capilla mayor del templo franciscano, reconstruido en 1650, de ahí su posible cronología. Llamada la Grande o la Colosal por su gran tamaño, su ubicación a gran altura y la distancia de los ojos de los fieles, justificaban su formato. Y ello condicionó su composición, con un punto de vista oblicuo de abajo a arriba.
    La Virgen es anchurosa y monumental, elevada sobre una luna llena que se difumina por la vaporosa neblina y la luz dorada que la envuelve. Además, presenta novedades compositivas con respecto a la tradición de esta iconografía en la generación pictórica anterior, siendo la principal, que recoge el espíritu de movimiento y dinamismo propio del barroco.

     

    Convento de los Capuchinos.
    Durante el primer cuarto del siglo XVII se otorgó la licencia que permitía la fundación de un convento capuchino en la ciudad de Sevilla. A partir de ese momento, tras iniciar la construcción de las dependencias conventuales y cambiar un antiguo conjunto iconográfico, los frailes encargaron a Murillo una serie de obras.
    Entre 1665 y 1668, Murillo ejecutó uno de los más importantes encargos en su carrera artística, al pintar los lienzos del Retablo Mayor, altares y retablos laterales de la Iglesia del convento, junto a otras pinturas destinadas a distintas dependencias, sumando el total de veintiuna obras.
    El hecho de que los capuchinos se adelantaran a la situación de peligro que suponía la llegada del mariscal Soult a Sevilla fue fundamental para la conservación de las piezas. En esa misión, trasladaron las obras a la Catedral en un primer momento y, con posterioridad a Cádiz, donde permanecieron durante todo el conflicto. Tras los difíciles años de la guerra, las pinturas regresaron al convento, donde permanecieron hasta 1836 cuando, con la desamortización de Mendizábal, pasaron a las manos del Estado español, el cual las depositó en el recién fundado Museo de Bellas Artes de Sevilla, donde han permanecido hasta la actualidad.

     

    El Jubileo de la Porciúncula.
    Hacia 1665-1668.
    Óleo sobre lienzo. 430 x 295 cm.
    Colonia, Wallraf-Richartz-Museum.
    Procedencia: Sevilla, Convento de los Capuchinos.

    Esta obra, que presidía el Retablo Mayor de la iglesia, representa la aparición de Cristo y la Virgen a San Francisco, tema fundamental dentro del gran conjunto iconográfico que realiza Murillo para los capuchinos.
    Todas las pinturas que el artista realizó para el convento salieron de Sevilla hacia Cádiz con motivo de la invasión francesa, con excepción de ésta, que por su gran tamaño permaneció en el mismo. Con la llegada de las tropas fue requisada y llevada al Alcázar, donde permaneció hasta la marcha de Soult. Más tarde, cuando los frailes regresaron a Sevilla, sirvió como pago a Joaquín Bejarano por restaurar las obras de Murillo ejecutadas para la orden. Éste no dudó en venderla, circunstancia clave para comprender su actual ubicación.

     

    Santas Justa y Rufina.
    Hacia 1665-1668.
    Óleo sobre lienzo. 200 x 176 cm.
    Sevilla, Museo de Bellas Artes.
    Procedencia: Sevilla, Convento de los Capuchinos.

    A la izquierda del Jubileo de la Porciúncula, en el lateral izquierdo del primer cuerpo del Retablo Mayor, se encontraba esta pintura que representa uno de los motivos iconográficos más latentes en la trayectoria artística de Murillo, el de las santas patronas protectoras de Sevilla, las Santas Justa y Rufina, tema que plasmará con la delicadeza, elegancia y belleza propia de sus mártires y demás figuras sagradas.
    El hecho de que las reliquias de las hermanas fueran trasladadas, según la tradición, a la iglesia donde más tarde fue construido el Convento de los Capuchinos, hizo que éstos nombraran a las alfareras patronas del mismo, debiendo estar, de este modo, en el lugar más privilegiado del templo.

     

    San Leandro y San Buenaventura.
    Hacia 1665-1668.
    Óleo sobre lienzo. 200 x 176 cm.
    Sevilla, Museo de Bellas Artes.
    Procedencia: Sevilla, Convento de los Capuchinos.

    Para el lateral derecho del primer cuerpo del Retablo Mayor realizó Murillo otra pareja de santos vinculados estrechamente a la ciudad de Sevilla, San Buenaventura y San Leandro, al que ya había pintado con anterioridad para la Sacristía Mayor y la Sala Capitular de la Catedral.
    San Buenaventura es considerado uno de los grandes santos de la orden franciscana y San Leandro fue el encargado de la fundación del templo que se edificó en el lugar donde fueron martirizadas las Santas Justa y Rufina. En este sentido, la pintura es una representación alegórica de la cesión del templo por parte de San Leandro al santo franciscano, como se testimonia a través de la maqueta que porta el mismo.

     

    San José con el Niño.
    Hacia 1665-1668.
    Óleo sobre lienzo. 197 x 116 cm.
    Sevilla, Museo de Bellas Artes.
    Procedencia: Sevilla, Convento de los Capuchinos.

    En el lado izquierdo del segundo cuerpo del Retablo Mayor se disponía esta pintura, una de las mejores versiones que del tema realizará Murillo y una de las mejores representaciones que de esta iconografía se realizaron durante el Barroco en Sevilla.
    La capacidad del pintor para trasmitir emociones y actitudes está presente en esta obra a través de la solemne concentración de San José, acompañada por la confianza y serenidad del Niño, que sobre un alto pedestal, reclina la cabeza sobre el hombro de su padre, a la par que establece un contacto visual directo con el espectador.
    La restauración a la que ha sido sometida en los últimos años ha dejado al descubierto el virtuosismo formal y pictórico de Murillo.

     

    San Juan Bautista.
    Hacia 1665-1668.
    Óleo sobre lienzo. 197 x 116 cm.
    Sevilla, Museo de Bellas Artes.
    Procedencia: Sevilla, Convento de los Capuchinos.

    Haciendo pareja con San José con el Niño, y en el lado derecho del segundo cuerpo del Retablo Mayor, se ubicaba esta pintura que refleja la genial habilidad del pintor a la hora de captar emociones e impresiones psicológicas. En ella, el Bautista eleva su mirada hacia el cielo, emocionado ante su misión de anunciar al Mesías, acompañado por el cordero, el cual simboliza a Cristo a través del Agnus Dei.
    Junto al excepcional estudio emocional de la obra, vemos también a un pintor que domina el dibujo anatómico y que, por su capacidad a la hora de aplicar el color, es capaz de reforzar a través del paisaje y la atmósfera, casi táctil, la actitud anímica del santo.

     

    San Antonio con el Niño.
    Hacia 1665-1668.
    Óleo sobre lienzo. 192 x 120 cm.
    Sevilla, Museo de Bellas Artes.
    Procedencia: Sevilla, Convento de los Capuchinos.

    Dentro de la tendencia hacia la representación de santos amables, cercanos y dulces que tanto conectaba con el pueblo, realiza Murillo varias versiones de San Antonio con el Niño a lo largo de su producción artística.
    En este caso, la pintura se ejecutó para ser ubicada en la pared izquierda de la zona superior del Retablo Mayor, adaptándose a la curva que formaba la bóveda del presbiterio, disposición que se corrigió a la hora de trasladarse al Museo de Bellas Artes.
    La escena muestra al santo abrazando al Niño, en un momento cargado de espiritualidad y amor, tal y como se refleja en las actitudes de los mismos. San Antonio emana religiosidad y el pequeño, amabilidad y complacencia.

     

    San Félix Cantalicio con el Niño.
    Hacia 1665-1668.
    Óleo sobre lienzo. 192 x 120 cm.
    Sevilla, Museo de Bellas Artes.
    Procedencia: Sevilla, Convento de los Capuchinos.

    En la misma línea que San Antonio con el Niño, y para la pared derecha de la zona superior del Retablo Mayor, adecuándose también, originalmente, a la curvatura de la bóveda del presbiterio, se encuentra otra de las representaciones amables y emotivas del conjunto: San Félix Cantalicio con el Niño. La propia circunstancia vital del religioso, un hombre anciano y bondadoso, refuerza el contraste con la ternura del Niño, que acaricia la barba del complacido santo.
    La calidad técnica de Murillo se evidencia en esta obra a través, no solo de los estudios psicológicos, sino también gracias al dominio del pintor a la hora de aplicar el color para conseguir efectos tan expresivos como el de las manos del fraile.

     

    La Anunciación.
    Hacia 1665-1668.
    Óleo sobre lienzo. 321 x 217 cm.
    Sevilla, Museo de Bellas Artes.
    Procedencia: Sevilla, Convento de los Capuchinos.

    En un pequeño altar del muro lateral del presbiterio de la iglesia de los Capuchinos se encontraba esta escena de La Anunciación, de la que el artista ya había realizado diferentes versiones. Gracias a la holgada disposición vertical del lienzo, con remate de medio punto, el pintor dispone espaciadamente las figuras de San Gabriel y la Virgen, conectadas a través de su recurrente línea diagonal ascendente y con la que, con gran maestría, enlaza el espacio celestial y el terrenal.
    Tanto la Virgen como el Arcángel, acompañados en el plano superior por el Espíritu Santo, coordinan sus gestos y contrastan actitudes de serenidad, en el caso de María, y vitalidad, en el del mensajero divino.

    La Piedad.
    Hacia 1665-1668.
    Óleo sobre lienzo. 171 x 214 cm.
    Sevilla, Museo de Bellas Artes.
    Procedencia: Sevilla, Convento de los Capuchinos.

    También en un pequeño altar del muro lateral del presbiterio de la iglesia de los Capuchinos se encontraba esta escena, enfrentada a La Anunciación, con la cual compartía el mismo formato.
    Esta Piedad fue, desgraciadamente, mutilada, perdiendo su mitad superior. Esta circunstancia propició la desvirtuación de su disposición original, mermando su excepcionalidad. La obra, que debió de ser equilibrada y con una soberbia composición, parece que fue tomada por Murillo de alguna estampa del mismo tema ejecutada por Annibale Carracci o Anton Van Dyck. Tanto el modelado del cuerpo de Cristo como la extraordinaria expresión de dolor de la Virgen salvan el desafortunado recorte del lienzo, que podría hoy lucir en su total plenitud.

     

    San Antonio de Padua con el Niño.
    Hacia 1665-1668.
    Óleo sobre lienzo. 283 x 188 cm.
    Sevilla, Museo de Bellas Artes.
    Procedencia: Sevilla, Convento de los Capuchinos.

    Para una de las pequeñas capillas laterales situadas en el muro izquierdo de la nave de la iglesia de los Capuchinos realizó Murillo esta versión de San Antonio con el Niño, en esta ocasión, dispuesta para ser vista desde una mayor cercanía. La pintura, que ocupaba uno de los medianos altares dispuestos en la nave, pudo ser ejecutada entre 1668 y 1669, como el resto de pinturas situadas en este espacio.
    Al igual que se observa en la versión de San Antonio con el Niño del Retablo Mayor, el pintor hace un excelente estudio psicológico de las figuras, magníficamente captadas dentro de un profundo misticismo y amor. La composición en dos registros, el terrenal y el celestial, perfectamente enlazados a través de la luz, muestra a un consagrado pintor.

     

    Inmaculada con el Padre Eterno
    Hacia 1665-1668
    Óleo sobre lienzo. 283 x 188 cm.
    Museo de Bellas Artes de Sevilla
    Procedencia: Sevilla, Convento de los Capuchinos.

    Esta Inmaculada fue pintada para presidir el retablo de la segunda capilla de la nave del evangelio de la iglesia capuchina. La pintura presenta la novedad de la incorporación, en la parte superior, del Padre Eterno, en actitud protectora hacia la Virgen e indicando que su creación había sido propiciada por Él. La figura de María está dispuesta de manera frontal y su perfil muestra suaves y elegantes ondulaciones. Su rostro, vuelto hacia lo alto, proclama un emocionado sentimiento de gratitud hacia su creador, mientras que en torno a su figura se despliega una gloria de pequeños ángeles. Además, pisa al dragón, haciendo alusión a la superación del pecado original en la Nueva Eva.

     

    San Francisco abrazando a Cristo en la cruz.
    Hacia 1665-1668.
    Óleo sobre lienzo. 282 x 118 cm.
    Sevilla, Museo de Bellas Artes.
    Procedencia: Sevilla, Convento de los Capuchinos.

    Una de las pinturas esenciales provenientes de la iglesia de los Capuchinos es esta obra, que se albergaba en la última capilla de la nave izquierda del templo, junto a la entrada del mismo.
    En ella, como era frecuente en la producción del pintor, se observa a un Cristo amable y cercano, que es abrazado por el fundador de la orden, manifestando el profundo amor que los franciscanos profesaron hacia la figura de Jesús.
    La obra, de una excepcionalidad muy elevada, muestra un excelente estudio anatómico y de emociones, además de un virtuoso uso del color y de la composición, perfectamente cerrada con el paisaje final de la ciudad de Asís, donde se enmarca el milagro.

     

    Adoración de los pastores.
    Hacia 1665-1668.
    Óleo sobre lienzo. 282 x 118 cm.
    Sevilla, Museo de Bellas Artes.
    Procedencia: Sevilla, Convento de los Capuchinos.

    En la primera capilla de la nave derecha de la iglesia de los Capuchinos, junto al altar mayor por el lado de la epístola, fue colocada esta pintura. La escena, ejecutada con gran destreza compositiva, muestra a una serie de personajes perfectamente enlazados gracias al esquema de diagonales entrecruzadas que ha utilizado el pintor. Tanto los pastores, de diversas edades, como la Sagrada Familia, quedan enmarcados por una atmósfera de claroscuro originada en el foco de luz que desprende el Niño, dejando en penumbra el resto del portal.
    Al igual que es frecuente en el resto de obras de temática religiosa del artista, en este caso, la amabilidad, dulzura y cercanía de la Sagrada Familia están muy presentes.

     

    San Félix Cantalicio.
    Hacia 1665-1668.
    Óleo sobre lienzo. 283 x 188 cm.
    Sevilla, Museo de Bellas Artes.
    Procedencia: Sevilla, Convento de los Capuchinos.

    En la mitad de la nave derecha de la iglesia se encontraba una capilla, en cuyo altar se disponía esta segunda versión de San Félix Cantalicio, que presenta diferencias con respecto a la realizada para el Retablo Mayor.
    El pintor recoge la humildad y devoción del santo a través de su expresión, repleta de misticismo y espiritualidad. En este caso, San Félix alza sus brazos para recoger al Niño que le ofrece la Virgen, en gratitud y reconocimiento por una vida repleta de caridad y amor hacia los más desvalidos de la sociedad. La escena milagrosa está perfectamente captada y llena de magistrales detalles extraídos de la vida cotidiana y popular del siglo XVII, como el pan que se haya a los pies del santo y que iría a las manos de algún necesitado.

     

    Santo Tomás de Villanueva entregando limosnas a los pobres.
    Hacia 1665-1668.
    Óleo sobre lienzo. 283 x 188 cm.
    Sevilla, Museo de Bellas Artes.
    Procedencia: Sevilla, Convento de los Capuchinos.

    Decía Palomino que una de las pinturas favoritas de Murillo era su Santo Tomás de Villanueva entregando limosna. Esta obra, que fue realizada para el altar de la última capilla de la nave derecha, muestra a un pintor de una elevada destreza técnica y compositiva. Pese a que este santo pertenecía a los agustinos, su presencia en la iglesia de los Capuchinos se materializó gracias a la intención de éstos por manifestar el prototipo de santo que renuncia a sus propiedades para dedicarse a ayudar a los pobres.
    La escena, enmarcada en un majestuoso espacio arquitectónico, se centra en la figura del santo, en el momento de entregar una limosna a un hombre con movilidad reducida que se encuentra de espaldas al espectador. El resto de personajes son de una calidad y factura soberbias.

     

    Inmaculada Concepción del Coro.
    Hacia 1665-1668.
    Óleo sobre lienzo. 283 x 188 cm.
    Sevilla, Museo de Bellas Artes.
    Procedencia: Sevilla, Convento de los Capuchinos.

    Esta Inmaculada Concepción, en origen, se encontraba en el coro bajo del templo capuchino de Sevilla. Murillo vuelve a reproducir la iconografía derivaba de la visión de la beata Beatriz de Silva, según la cual, María vestía túnica blanca y manto azul, es decir los colores inmaculistas popularizados por el pintor en esta época. Sobre una media luna plateada, su figura centra la composición, girada ligeramente y perfilada por un manto vaporoso y flotante. Sus manos están unidas sobre el corazón y su cabeza se gira suavemente hacia las alturas. Una corte de ángeles revolotea a su alrededor, portando los habituales símbolos lauretanos de la palma, las azucenas y las rosas, siendo inundada además por una luz dorada celestial.

     

    Virgen de la servilleta.
    Hacia 1665-1668.
    Óleo sobre lienzo. 68 x 72 cm.
    Sevilla, Museo de Bellas Artes.
    Procedencia: Sevilla, Convento de los Capuchinos.

    Una de las obras más populares en la producción de Murillo es esta Virgen de la Servilleta, que fue pintada para el refectorio del Convento de los Capuchinos, donde, con amabilidad y dulzura, contemplaba a los frailes durante sus comidas.
    En 1750, la obra fue trasladada al espacio del sagrario del altar mayor de la iglesia, sin perder, no obstante, su apodo de la refectolera. Pese a existir dos versiones que han pretendido explicar su nombre, diversos estudios han demostrado que está realizada sobre un grueso lienzo que nada tiene que ver con una humilde servilleta.
    El dulce prototipo de la Virgen con el Niño tan característico de su pintura hizo que ésta fuera una de las obras más reproducidas durante el siglo XIX.

     

    Virgen con el Niño.
    Hacia 1638-1640.
    Óleo sobre lienzo. 166 x 107 cm.
    Sevilla, Museo de Bellas Artes.
    Procedencia: Sevilla, Convento de los Capuchinos.

    Esta pintura, considerada la obra más temprana dentro de la producción de Murillo, procede del Convento de Mercedarios Descalzos de San José, de donde pasó al Convento de los Capuchinos y de ahí, a su actual ubicación en el Museo de Bellas Artes.
    Muestra uno de los prototipos más demandados al pintor, el de la Virgen con el Niño, captados con la amabilidad propia de su extensa producción. No obstante, la influencia de su maestro, Juan del Castillo, está muy presente, así como la del tenebrismo, uno de los primeros recursos técnicos que utilizó el joven Murillo.
    Las dudas que existieron en torno a la autoría de la obra han sido despejadas en los últimos años tras su restauración.

     

    San Francisco.
    Hacia 1650.
    Óleo sobre lienzo. 195 x 162 cm.
    Sevilla, Museo de Bellas Artes.
    Procedencia: colección del capitán Diego Maestre, Sevilla

    Esta pintura representa a San Francisco de Asís recibiendo los estigmas en el monte Alverna. Se trata de uno de los episodios más difundidos de la vida del santo, que ilustra una de sus nutridas experiencias místicas.
    La composición está presidida por la solemne figura de San Francisco que se erige en mitad de un dilatado paisaje, mientras, en segundo término, ajeno a todo acontecimiento, se encuentra su fiel acompañante, el hermano León.
    La obra está fechada en un periodo de tránsito en la producción pictórica de Murillo; el austero colorido, dominado por los tonos marrones, es propio de su primera época, mientras que la marcada expresividad del santo ya nos anuncia aires de plenitud.

     

    San Agustín con la Virgen y el Niño.
    Hacia 1664-1666.
    Óleo sobre lienzo. 250 x 139 cm.
    Sevilla, Museo de Bellas Artes.
    Procedencia: Sevilla, Convento de San Agustín.

    Pertenecientes al retablo mayor de la iglesia del Convento de San Agustín, se han conservado dos representaciones de la vida de este santo. En concreto, en ésta se recoge un episodio místico experimentado por Agustín y narrado en Las Confesiones. Se trata de una de las más hermosas representaciones de carácter visionario pintadas por Murillo: Jesús Niño, acompañado por la Virgen María, ofrece al santo un corazón traspasado por una flecha, símbolo del amor divino.
    Los prototipos físicos de la Virgen y el Niño, son los habituales empleados por Murillo y en ellos prima la belleza, tanto física como espiritual, que se trasluce en las serenas actitudes y expresiones de los personajes.

    San Agustín y la Trinidad.
    Hacia 1664.
    Óleo sobre lienzo. 250 x 139 cm.
    Sevilla, Museo de Bellas Artes.
    Procedencia: Sevilla, Convento de San Agustín.

    Otra representación de una experiencia mística de san Agustín y también perteneciente al mismo retablo que la obra anterior, es esta visión de la Trinidad. Según el mismo santo dejó escrito, gracias a este suceso espiritual recibió la inspiración divina necesaria para decidirse a escribir su tratado De Trinitate, la argumentación teológica sobre Dios Uno y Trino.
    La composición diseñada por Murillo ofrece un intenso contraste entre la penumbra de la celda del santo y la luminosidad proveniente de la gloria celestial, que inunda la escena de áureos resplandores. El santo fija sus ojos hacia arriba, asombrado por la gloriosa visión de la Trinidad, que irrumpe repentinamente en su estancia.

    Santo Tomás de Villanueva orando ante el crucifijo.
    Hacia 1665-1670.
    Óleo sobre lienzo. 130 x 72 cm.
    Sevilla, Museo de Bellas Artes.
    Procedencia: Sevilla, Capilla de los Cavalieri, Convento de San Agustín.

    Esta pintura formaba parte de un retablo dedicado a Santo Tomás de Villanueva. Actualmente desaparecido, estaba presidido por una escultura del santo; lo completaban cuatro pinturas de Murillo que representaban escenas de su vida, dedicada al continuo ejercicio de la caridad con los más necesitados.
    Santo Tomás de Villanueva orando ante el Crucifijo, recoge un episodio místico de su biografía. Murillo representó al santo rezando, mientras recibía un mensaje de Jesús en la cruz. Como puede leerse en las palabras escritas en el lienzo, Cristo le está comunicando a Tomás que moriría el día de la Natividad de la Virgen, revelación que éste recibe con humildad y sosiego.

    Virgen con el Niño.
    Hacia 1665-1668.
    Óleo sobre lienzo. 125 x 106 cm.
    Sevilla, Museo de Bellas Artes.
    Procedencia: Sevilla, Convento de los Capuchinos.

    Pese a desconocerse el lugar exacto donde se ubicó esta obra, parece ser que procede del Convento de los Capuchinos de Sevilla. La temática de la Virgen con el Niño, tan frecuente en la producción del artista, aparece, de nuevo, en esta pintura, que se toma por obra de segunda fila, ya que se cree que pudo ser realizada principalmente por los ayudantes y colaboradores de Murillo. El alto nivel de trabajo que tuvo el pintor en este convento pudo hacerle delegar en su obrador, lo que explicaría la circunstancia de esta creación.
    No obstante, es una obra de gran calidad, donde la Virgen, que muestra una mirada perdida y ensimismada, parece preludiar la futura Pasión y Muerte de su hijo.

    La Dolorosa.
    Hacia 1660.
    Óleo sobre lienzo. cm.
    Sevilla, Museo de Bellas Artes.

    Esta representación de La Dolorosa es, posiblemente, la pareja del Ecce Homo que se conserva en una colección privada de Madrid.
    Desde finales del siglo XVI, fue demandada por la clientela sevillana esta temática devocional que presenta a Cristo como Ecce Homo y a la Virgen como Dolorosa y que alcanzó su máxima popularidad en tiempos de Murillo, auspiciada por la Contrarreforma. El artista realizó, a partir de 1660, diferentes versiones de este tema tratado, generalmente, en dos lienzos que configuran una pareja, a veces de cuerpo entero y, en otras ocasiones, de medio cuerpo.
    Esta Dolorosa muestra a la Virgen en actitud de profunda aflicción ante la visión de su hijo torturado, por lo que abre sus brazos y mira hacia el cielo implorando fuerzas para soportar su sufrimiento.

    San Jerónimo penitente.
    Hacia 1665-1670.
    Óleo sobre lienzo. 122 x 105 cm.
    Sevilla, Museo de Bellas Artes.

    La representación de San Jerónimo penitente fue muy popular en Europa a lo largo del siglo XVII. La Iglesia contrarreformista lo propuso como modelo de fiel que, arrepentido de sus pecados, practica con frecuencia la penitencia para expiar sus culpas. Esta pintura nos muestra su iconografía más frecuente: el santo se encuentra en el interior de una cueva, en actitud contemplativa, mientras fija su mirada en un crucifijo; con la mano derecha sujeta una piedra con la que golpearse el pecho, en señal de contrición y dolor de sus pecados.
    La composición presenta un fuerte contraste lumínico, donde destaca la potente y avejentada anatomía del santo, plasmada con gran detallismo.

    Inmaculada Concepción.
    Hacia 1670.
    Óleo sobre cobre. 70 x 54 cm. (Formato hexagonal).
    Sevilla, Museo de Bellas Artes.
    Procedencia: Colección del Barón Mathieu de Faviers.

    Esta pintura se inserta dentro de una serie de representaciones de la Inmaculada que Murillo realizó sobre cobre, especialmente, en las últimas décadas de su producción.
    Tras un rompimiento de gloria áureo, donde se asoman cabezas de querubes, María se eleva sobre un penacho de nubes en las que revolotean ángeles que portan los tradicionales símbolos lauretanos de la palma, las rosas, la azucena y el espejo. Viste túnica blanca llena de matices lumínicos y porta manto azul, terciado en vertical y volado, mostrando así un perfil ondulante, tradicional en el artista. Su belleza juvenil, que se refleja en la inocente mirada dirigida a las alturas, queda iluminada por las doce estrellas que rodean su cabeza.

     

    • query_builderHorarios

      HORARIOS Y TARIFAS

      Horarios

      Del 16 de septiembre al 15 de junio:

      De martes a sábado, de 09:00 a 20 horas

      Domingos y festivos, 09:00 a 15:00 horas

      Lunes (no festivos) cerrado

       Del 16 de junio al 15 de septiembre:

      De martes a domingos y festivos, de 09:00 a 15:00 horas

      Lunes (no festivos) cerrado

      Días de cierre: 1 y 6 de enero, y 1 de mayo, 24, 25 y 31 de diciembre.

      Festivos de apertura: 2 de enero, 28 de febrero, 13 y 14 de abril, 30 de mayo, 15 de junio, 15 de agosto, 12 de octubre, 1 de noviembre,  6 y 8  de diciembre.

      Los lunes 27 de febrero, 29 de mayo y 14 de agosto, víspera de festivo, el museo abrirá en horario de festivo.

      El horario de taquilla se interrumpe 15 minutos antes de la hora de cierre, excepto en algunas exposiciones en las que se podrán modificar horarios y condiciones de acceso por motivos organizativos. El desalojo de las salas comenzará 15 minutos antes de la hora de cierre.

      Entrada

      Precio 1,5 euros

      Gratuita: para ciudadanos de la Unión Europea acreditados y miembros del ICOM.

      Grupos

      Es necesario reservar previamente.

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    Museo de Bellas Artes Murillo
    Museo de Bellas Artes Murillo

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